Tomas Fernández Robaina


Por Georgina Herrera
Cimarrón y palenquero a un tiempo, llevando desde la médula hasta el corazón, que late como un tambor en tiempo de guerra interminable, está aquí con nosotros Tomás Fernández Robaina. Porque estamos celebrando sus ochenta años de estancia en este mundo una vez más, y digo bien, se lo que digo. Nuestro agasajado de hoy se ha nutrido con la sabiduría de quien ya ha andado estos caminos en otras ocasiones y sabe lo que busca y cómo encontrarlo. Solo que eso, lleva tiempo, mucho, y a la vez compañía, porque su bandera (bandera y todo agita) urge de relevos temporales.

De Tomasito se han dicho muchas cosas y no hay que repetirlas. Su empecinada devoción por lo que es justo, plasmada en los libros publicados, esa destreza personal con la que busca, remueve sucesos como piedras en las calles viejísimas, abriendo y cerrando a su manera puertas que el polvo de los siglos disimula, ocultando llantos, maldiciones, puños cerrados, gritos…

Busca, no descansa, encuentre o no, ese es su destino y va cumpliendo con esa pasión de quien no sabe por qué precisamente él, pero vive, sufre y disfruta esta lucha en la que está envuelto y a la vez nos involucra con esa magia elaborada con verdades  a medias y las quiere, las necesita a plenitud.

Tomasito anda con sus manos húmedas, buscando entre antiguas paredes y entre el polvo y la humedad forman un lodo y siguen. No se lava las manos. Mal discípulo del gran maestro Poncio Pilatos, Tomasito insiste en su búsqueda, porque desde que cruz y espada se juntaron en nombre de Dios y del rey, ha transcurrido mucho tiempo y lo que construyeron a mansalva no se desmorona con promesas y juramentos.

Por eso Tomasito, mi amigo, mi maestro, el que reencarna cada vez que se sacude el polvo de una muerte, se prepara para otra vida y otro regreso, mientras le decimos: !Felicidades Tomasito! Aguanta un poco más. Demora en irte y regresar. Mira que cada vez me parece que somos menos.

En Bahía, Habana del Este, a 4 de marzo y 2021.

EL INQUIETO TOMASITO O RETRATO DE UN HISTORIADOR DEL PRESENTE

Por Roberto Zurbano

Los archivos de Cuba parecen huérfanos de actualidad, no sólo me refiero a la actualización  de técnicas y métodos o de un almacenamiento más eficiente o tecnologizado en función de clientes multiplicados por el cambio digital; sino digo que están faltos de la sustancia del presente, de señales que den cuenta sobre la historia de nosotros mismos, aquí y ahora. Pensarnos mejor entre lo que algunos llaman la Historia con H mayúscula, deslizando con una argucia ortográfica el poco calado con que miramos a lo que nos pasa, nos está pasando, a quiénes somos hoy y que quedará entre libros y documentos, como flores secas entre sus mejores páginas, si no le interrogamos con la mirada y las necesidades del presente. 
La historia reciente es quizás la última tendencia de la historiografía que cerró el siglo XX y expresa una urgencia veladamente científica de destilar la cotidianidad, la densidad posible de los días que corren hacia postverdades cada más implacables, desafiando la distancia que existe entre lo que decimos, lo que hacemos y lo que pensamos hoy, esa suerte de falsa trinidad que el tiempo resuelve. La historia reciente es la densidad con que aprehendemos una lectura de lo actual sin renunciar a corregir, o autocorregir, determinadas visiones, tendencias y controversias de las cuales somos parte y extraños jueces, pero jueces en fin.

En la obra de Tomas Fernández Robaina se manifiesta una historización del presente desde  la propias investigación y escritura. Buen ejemplo es su abordaje sobre la prostitución en Cuba, en el proceso editorial, se advierte desde la primera edición de Recuerdo secreto de dos mujeres públicas hasta la cuarta edición de este propio libro, retitulado Historias de mujeres públicas, al cual agregó unas cuarenta páginas que comienza con esta pequeña nota: Estimado lector, en este secondo tempo, otras voces le hablaran de sus épocas y existencias, no como recuerdos secretos, sino como vivencias actuales. Dicha nota revela el proceso con que su autor maneja voces, sucesos y archivos que convierte en campos abiertos a otras posibilidades de recepción y evaluaciones múltiples. Es una marca del estilo de Tomasito en testimonios, repertorios bibliográficos y en su abordaje de figuras, al dotarlas de nuevos sentidos, y abrirlas a nuevas rescrituras y relecturas (tal como Umberto Eco describía en aquellas estructuras que llamó obras abiertas, verificadas en más de un ciclo de producción y resignificación).

En su zona más literaria, me refiero al discurso testimonial, que Tomas asume desde los inicios de su carrera se unen oralidad, memoria y resignificación de la historia a partir de una voz que narra una experiencia marcada por el desdén o el prejuicio social. Difícilmente encontramos en sus páginas sujetos épicos, que integran una masa redentora; sino confesiones de mujeres, religiosos y homosexuales, sujetos marginalizados o desclasados, que viven una historia menor, extraviados o rechazados por la dimensión utópica de esa vida pública que les niega pertenecer o les obliga a estar de la manera en que no son. Entonces, la mirada de Tomasito descubre esa identidad lastimada, menoscabada por el dogma o la injusticia. Y dialoga con estos sujetos de voces entrecortadas y miradas esquivas, mostrando una complicidad que ellos conocen y ofreciéndoles el respeto que desconocen.
 Tomás registra con atinada cercanía historias que se resistían a ser contadas; y en su prosa de emergencia dilucida las razones de cómo tres mujeres asumen la prostitución o como una persona relata la experiencia de “pasar” los muertos y reconoce el espiritismo como una dimensión cotidiana en su vida; así también logra historizar un proceso cultural desde dentro de la institución donde nuestro propio autor crece como bibliotecario o, en otro sentido, revela los conflictos de un sujeto homosexual dentro de una revolución machista que lo margina, maltrata y reduce a vivir una subalternidad impuesta por un discurso patriarcal y homofóbico que se renueva perversamente. Sin embargo, no estamos asistimos a la memoria histórica del sujeto homosexual en la revolución, sino a la memoria de un sujeto histórico actuante que expresa los avatares de su condición gay en dicho contexto. Por ejemplo, Tomas no cuenta la terrible experiencia de las UMAP porque nunca estuvo allí y por tanto su perspectiva no es la misma que han contado quienes sí vivieron esta experiencia. 

Así, también el Tomasito historiador legitima al Partido Independiente de Color, desde la primera edición de su clásico El negro en Cuba, pasando por cursos que ofrece sobre esta maltratada agrupación y sus desestimados próceres, hasta  textos  recientes que desafían esos historiadores que insisten en cerrar este capítulo ignominioso de nuestra historia criminalizando, otra vez, a sus víctimas y convirtiendo a los victimarios en intachables figuras históricas, triunfantes en sus mármoles recién restaurados. Son páginas abiertas, deseosas de diálogo, comprensión y justicia públicas.

En su análisis sobre el racismo, Tomasito lanzó una antología del pensamiento antirracista cubano con múltiples voces que ofrecen el itinerario crítico de este tema en el desarrollo de la nación; ofreciendo marcas temporales, clasistas y de género que iluminan un asunto poco atendido y entendido en la historia de Cuba y la ausente o accidentada práctica de una política racial: en dichas páginas sistematiza el saber sociológico, la lucha ciudadana y el profundo significado  político con que el antirracismo marca la historia cubana de ayer, hoy y mañana. Aquí Tomasito muestra una sustancia crítica que no ha sido abordada en su real dimensión y se repite, apenas virgen, en cada ciclo de la historia cubana: colonia, república y revolución. Una mirada actualizadora y activa de sucesivos discursos antirracistas que ofrece la historia cubana, a la espera de que sean útiles.

La ética funciona en Tomasito no desde una dimensión moralizante, sino desde el diálogo, el perdón y la colaboración desinteresada. Acerca al lector a la comprensión del acontecimiento, reconoce e ilumina otras razones del suceso, sujeto o proceso que aborda. Nos ayuda a comprender, no a elegir; para  que sepamos cuantos caminos del hombre se abren o cierran sólo con el ejercicio de la comunión y el respeto a todo lo que somos. Y, finalmente, en su novela no sobre su gran amigo Reinaldo Arenas, sino sobre el espíritu irredento del contestatario narrador, a quien Tomasito ofrece una misa para elevar su espíritu, borrando heridas,  persecuciones y rabias. Esta extraña novela requiere un estudio más acucioso que desmonte su estructura fabular y sus pulsaciones oníricas, para llegar a la definitiva recuperación de un autor que aun no descansa en paz ni en su lecho ni en el sitio que, sin dudas, le pertenece en la historia literaria cubana e hispanoamericana.

La historia reciente como método también expresa esta lucha personal que hace del texto un espacio donde leer deseos y sueños personales, grupales y políticos. Es, también, autorreflexión donde lo simbólico, lo político y lo cívico se funden, confunden y aclaran. Este enfoque historiográfico me permite ver cómo Tomasito ha estado ordenando lo que estuvo equívocamente en el margen y él los reubica, sin muchos aspavientos teoréticos en un espacio histórico flexible que podemos llamar, también, el presente. 

Finalmente quiero insistir que el legado de Tomasito no solo reside en sus libros, sino en muchos libros ajenos, en muchas visiones y actitudes de gente que él ayudó, formó y respetó desde sus inicios. Su vocación pedagógica ha fundado líneas de trabajo muy singulares. Por suerte cuenta con el agradecimiento de muchos, como los propios raperos cubanos a quien ofreció en el año 2000 un curso sobre la Historia social del negro en Cuba sólo para ellos, aunque allí también estuvieron otros como el pintor Roberto Diago. Tomasito ha desplegado sus banderas por los excluidos de ayer y hoy, definiendo un espacio mejor para el mañana.; en eso ha sido un adelantado en su lucha contra la homofobia y en los estudios queer en Cuba, aunque sus textos sobre este tema apenas sean publicados y divulgados dentro de la isla.

El legado de Tomasito va dibujando un autorretrato que recuerda aquellos collages de Raúl Martínez, que terminaron siendo imagen de los sesenta cubanos. Una de ellas. Sólo intento explicar cómo un legado tan diverso logra dibujar una sociedad también diversa y ansiosa por liberarse de viejas estructuras mentales, sociales y políticas, donde pulsa una nueva cultura. Tomas afirma e interroga sobre el destino de esos sujetos que visibiliza a través de repertorios bibliográficos, voces testimoniales y antologías de autores, temas y reclamos cada vez más actuales. Sólo me queda agradecerle a este pequeño gigante su infinito deseo de bailar y sacudir toda la gravedad con que los dogmas le persiguieron y el logró evadir con cada pasillo de una rumba infinita que no ha dejado de bailar, incluso con bastón, para recordarnos que la historia es esa vida que otros vivieron y que hoy nos toca seguir viviendo y defendiendo con nuestras mejores armas el rigor, la crítica profunda y la mirada honesta- develando aquello que podría enorgullecernos siempre. Tomy, ojala tengas la calidad de vida que mereces, para que termines proyectos recién abiertos. Gracias, mi amadísimo amigo y maestro por permanecer, pertenecer y hacer crecer a tanta gente que hoy te agradece en muchas esquinas del mundo. Te deseamos ochenta veces más felicidad!    

Roberto Zurbano

Una respuesta necesaria contra lo transfóbico

Por Mel Herrera

Yo no me identifico como una persona travesti. Soy una mujer transgénero. En par de ocasiones he reivindicado el término travesti y lo he reapropiado como arma política para rebajarle la carga peyorativa con la que en otros tiempos y espacios geográficos ha sido utilizado para insultar a mujeres trans, o para reforzar la idea de que solo somos un disfraz, una identidad que se quita y se pone. No me identifico como tal y, sin embargo, eso no afecta el hecho de que me parezca desafortunado el uso que se le ha dado en un artículo, hoy, en Cubadebate; sabemos que casi siempre que se usa el término travesti o travestismo, en el imaginario social, se está hablando de mujeres trans; es lo primero que viene a la mente.

El autor del artículo utiliza la metáfora del “travestismo seudocultural” para criticar a los artistas del vídeo clip “Patria y vida”, y empieza diciendo: “Sin dudas, el travestismo se ha puesto de moda en cierto sector de la cultura, o mejor aún de la seudo cultura cubana, ese que se despoja de esencias y se vuelve fetiche. Y es que, como forma habitual de fetichismo, ya no se limita sólo a vestirse con ropa del sexo opuesto, ahora se trata de disfrazarse o peor aún de quitarse definitivamente los disfraces.”

No voy a extenderme en desmontar algunas frases que me rechinan, como “sexo opuesto”, cosa que no existe, y que un autor que va a mencionar tal cosa y que escribe en un medio del gobierno, cuyo gobierno tiene instituciones que podrían perfectamente explicarle, debería saber, ¿no? Lo cierto es que no hay sexos opuestos, porque no hay sólo dos sexos. Pregúntenle a personas intersexuales. El sexo no es binario. El discurso del sexo tal y como se ha ido construyendo históricamente tiene una lectura de género. Casi siempre que hablamos de sexo en realidad estamos refiriéndonos a género. Ni sexo ni género son binarios. Detrás de esas categorías hay un esfuerzo por construirlas binarias; tienen una historicidad. Pero dije que aquí no me iba a extender. Lo que me interesa destacar es que más allá de ser una identidad sexual, conocida como “forma de fetiche”, el travestismo es también una identidad de género en algunas regiones, es el homólogo de trans en otras, es una expresión de género en ocasiones, y como tal merece respeto y no ser instrumentalizada. Mucho menos a modo de insulto o descalificación.

Tiene un uso cisheterosexista en este artículo: nadie usa la cisgeneridad ni la heterosexualidad para hacer metáforas ni símiles, máxime si son para descalificar a alguien. Esto es muy parecido a utilizar maric*n o tortillera como insulto, amén de que muchos gais y lesbianas hayan reapropiado el insulto y convertido en motivo de orgullo.

No, Cubadebate, busquense otra manera de descalificar; no ejemplifiquen, ni descalifiquen con identidades, cuerpos y luchas que no les pertenece; mucho menos desde el poder, la política y los medios de comunicación.

Enlace a la nota de Cubadebate

Travestismo seudocultural

¿Por qué somos incapaces de tolerar?

Por Héctor Luis Valdés Cocho

Muchas veces me he topado con publicaciones donde se pone de manifiesto la intolerancia de cubano a cubano por el simple hecho de no tener el mismo punto de vista o por tener un tipo de accionar distinto. Es algo que comúnmente vemos en el día a día de este solar cibernético en que se ha convertido facebook. El tildar de comunista, agente de la seguridad del estado y demás; son los tantos adjetivos que tiene que sufrir quien no este de acuerdo con muchos.

Cuba históricamente ha sido cuna de este tipo de actos repulsivos, desde la década del 50, donde eran asesinados miles de jóvenes por seguir el discurso ególatra y totalmente manipulador de un hombre, hasta nuestros días. A finales de los ochenta , cuando a las puertas nos tocaba uno de los tantos momentos desagradables y horrorosos que vivió Cuba ( Periodo Especial ), el régimen cubano lanzo a las calles de todo el país una horda de ciegos simpatizantes , carente de todo tipo de sentimientos al prójimo, para reprimir, golpear y humillar a quien en todo su derecho como ciudadano disintiera contra el sistema que aun impera. Anécdotas como Los Marielistas, los refugiados políticos en la Embajada del Perú , el Maleconazo y otros tantos, son las que en la actualidad forman parte de la tristes paginas de la historia cubana. Tantas familias separadas por un ideal, tantos amigos entrañables que aun no se pueden abrazar por la sola idea de no saber tolerar.

También cabe destacar que generación tras generación hemos sido adoctrinados , algo así como victimas de una especie de lavado de cerebro, nacimos obligados a querer ser como una persona comprobadamente asesina y homofobica. Con un ideal martiano totalmente erróneo , con nuestros mártires y símbolos secuestrados y aun así, muchos de nosotros fuimos en algún momento de nuestras vidas a la plaza y gritamos; Viva la revolución!.
Gracias a Dios y a la información que hoy tenemos, muchos hemos despertado de ese letargo, hemos salido de ese hoyo negro, de ese circulo vicioso.
Tenemos que acabar de entender que la culpa no es de quien piense distinto, sino de quien nos hizo pensar así, el verdadero enemigo no es quien tenga una opinión contraria o una discrepancia contigo, sino el causante de que estemos en esta posición en que estamos.

Cuba después de ser liberada necesita ser educada! Todos tenemos el derecho de gozar en una patria libre, pluripartidista, democrática; donde todos podamos expresarnos sin sentir el látigo de la censura y la discriminación ideológica en la espalda. No por ser proclive a la izquierda o ser de ultra derecha dejamos de ser hijos de esta tierra. Sino es así, entonces por que luchamos? Por que nos molestamos en exigir que nuestra opinión sea escuchada cuando somos incapaces de tolerar a quien nos brinda una distinta? Nadie, absolutamente nadie, tiene la potestad de omitir a quien piense diferente. Tenemos que ser capaces de escuchar para ser escuchados , debemos respetar para ser respetados, aceptar para ser aceptados y no repudiar para no ser repudiados.

Cuba es tan grande que en su seno cabe todo aquel que se sienta verdaderamente cubano, aquel que sienta la necesidad de refugiarse en los brazos de quien nos vio nacer, sea cual sea su pensamiento político. Muchos pedimos unidad pero con nuestras acciones hacia el otro, cada día estamos muy lejos de lograrla. Pensemos por un momento en que si todos verdaderamente nos unimos, sea cual sea nuestra inclinación , cuantas cosas no lograríamos?

Si seguimos con ese pensamiento retrogrado , cerrado y no nos abrimos a escuchar distintas ideas y formas de pensar , pues en mi opinión personal nos esperan 62 años mas de totalitarismo. No señalemos con el mismo dedo acusador de quien nos acusa!
Todos somos Cuba.

Como bien vi en una imagen no hace mucho:

“Si matamos a todos los ladrones , no quedaremos solo los buenos, sino todos los asesinos”

Post original 👉🏽 https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=1170256610095339&id=100013330332630

Orden Público

Por Aracely Rodríguez Malagón

Después de tres horas de cola para comprar productos de alta demanda por estos días de Covid (espaguetis, puré de tomate y papel sanitario), dos hermanas divisan a una mujer sentada en un banco público que colinda con una inmobiliaria y deciden ir a sentarse para descansar en el espacio que aún quedaba vacío, mientras esperan para comprar.

Una vez en el banco, para sorpresa de ambas salió una persona de la inmobiliaria a preguntarles qué hacían ahí. Ellas contestaron que no había ninguna señal que prohibiera tal acción, además le dijeron que anteriormente había estado sentada por más tiempo una mujer (blanca) y no había sido requerida. Este se marchó refiriendo que llamaría a la policía y soltando la frase “esto no es asiento para coleras”.

Que las hayan requerido no era el asunto, el problema comienza cuando las dos hermanas fueron requeridas y a la otra mujer ni siquiera le llamaron la atención, entonces el requerimiento se vuelve racista: ¿por qué atribuirle lo de coleras a estas hermanas? ¿por qué llamarles la atención sola a ellas cuando había otra persona sentada anteriormente?
Las hermanas comenzaron a defenderse ante tal maltrato verbal mientras que en la cola se escucharon comentarios como: “dejen eso”, “van a salir perdiendo”, “ustedes son negras” pero ellas dijeron: “Esto es Cuba, basta de callar y aguantar en silencio para que no te lleve la policía”.

Llegó la patrulla y el agente sólo escuchó la versión de la persona que los llamó (trabajador de la inmobiliaria). Luego de una discusión de las hermanas con el agente, una de ellas pregunta en qué consistía el delito que habían cometido. El agente repetía una y otra vez sin más argumento, que esa era una inmobiliaria. Lo cierto es que el espacio ocupado por las hermanas y la otra mujer, está fuera de la inmobiliaria sin cerca perimetral y sin señalización de prohibición alguna.

Las hermanas deciden levantarse ante la amenaza del agente de llevárselas para la estación de la PNR y así, sin argumento alguno, mientras se retiraba éste expresó: ¨se salvan porque son mujeres a los hombres los reviento sin mirar¨.
Cuando salen caminando una de las hermanas recuerda que no tomo el número de la patrulla, ni del agente y decide tirar una foto, automáticamente se detuvo la patrulla y le dicen que se las llevarían a la estación por tomar la foto.

Luego de un debate sin salida, el agente acudió a la fuerza física, una de ellas pesa menos de 100 libras y a la otra le jorobó la muñeca y el brazo, sin necesidad.
Sólo se llevaron a una, pero realmente pedía a gritos conducirlas a las dos. Camino a la estación le dicen que la acusarían de innumerables delitos y entraron en una tremenda discusión bien exacerbada cuatro agentes contra una detenida. En el carro había cinco personas (aún con mediadas de aislamiento). En el camino, uno de los agentes le propone borrar la foto; le dice que no quiere ser excesivo y que una vez hecho esto estarían en paz. La detenida borro la foto y se la mostró a uno de ellos, este verificó que la foto realmente estaba muy lejos, no se veía ni el carro, ni el número y mucho menos el agente, no obstante, se borró la foto confirmado por uno de los agentes. Pero hicieron caso omiso a lo dicho de dejar todo en paz y continuaron hasta la estación.

Los documentos comenzaron a llenarse dentro del carro. Una vez llegada a la estación (2:00 pm) dejaron a la conducida en la parte trasera del carro de policía, que tenía las ventanillas cerradas. La detenida que era asmática pidió que le bajaran las ventanillas para ventilarse, sin embargo, el oficial actuó de forma contraria. Este subió los cristales delanteros, impidiendo toda ventilación en el carro y expresó “ahora te ahogas hasta que termine, por bocona¨.
Los otros agentes se bajaron del carro, quedando solo esta y el agente que la detuvo. A tanta desesperación por la falta de aire uno de los muchachos de Pevención se percató del ahogo de la detenida y fue abrir la puerta para que le entrara aire, pero una de las policías que estaba afuera dijo: “esto se hace así” y seguidamente cerró la puerta de un tirón. El chico al ver la reacción física de la detenida no obedeció y abrió nuevamente la puerta.

La detenida bajo del carro muy ahogada, y al salir había 4 carros parqueados y 10 agentes conversando, al verla, comenzaron a reírse y a expresarse de manera irrespetuosa, agresiva y racista, “y esta negra manca con esas pasas de dónde salió” y continuaron su burla.

Allí permaneció por largas horas; el oficial de carpeta de la unidad policial, una persona muy amable y capaz, no se atrevía a procesar la denuncia pues no había delito y ordenó que esperara al Político quien llegó a las 6:00pm. El político escuchó atentamente la historia contada por la detenida y le explicó que como ella había tomado las fotos le pondría una multa de 30 pesos por alteración del orden público y que esta podía ser reclamada.

Pero aquello había ido más allá, estaba en juego su compromiso con ella misma, con lo que cree, por lo que lucha, aceptar la multa era como aceptar el delito. Su integridad, posición política, antirracista, ideológica y feminista no tiene un precio. Había tirado una foto, solo después de haber sido maltratada, amenazada, insultada y engañada. La foto era el motivo y fue borrada a solicitud de ellos. Sin fotos, no habría justificación para conducirla y aun así fue conducida.
La detenida insistió con el Político para que se presentara el jefe de patrullas y también fueran llamados los agentes de la patrulla que habían inventado el delito. Mientras estuvo sentada afuera esperando al jefe de patrulla, también había otras personas, todas negras que esperaban su medida y en el entrar y salir de los agentes expresaban todo tipo de frases, homofóbicas, racistas y vulgares sin el más mínimo respeto por las personas que estaban a su alrededor, pero tenían el poder y lo ejercían arbitrariamente.
Finalmente llegó el jefe de patrulla a las 7:30 de la noche (con mucho respeto), pidió que volviera a relatar los hechos, también se le pidió al agente que la detuvo. Las historias coincidieron bastante. Entendieron que ambos se habían equivocado, el agente en su actuar y la mujer por tirar la foto. Por lo que no se le impuso ningún delito de los que se pretendía.

Sin embargo, el delito que más pesa en esta historia, es el del racismo sutil, histórico, endémico, ese, que no está recogido en código alguno, ni descrito en ley de procedimiento penal, pero que permanece muy tatuado en el subconsciente y accionar de la mayoría de los agentes de la policía. ¨La negra, pasúa y bocona¨ salió libre de polvo y paja, hambrienta, cansada y sin los preciados productos en tiempos de Covid, pero no los cambiarían por vencer una batalla contra la injusticia, los estereotipos raciales y la valía de su negritud.

Ejercer el poder de la manera en la que ha sido relatada en esta historia no es ético, ni justo, ni distintivo por parte de los agentes encargados del orden público. No queda claro que tomar fotos es un delito, más aún cuando hace unos días en el programa televisivo “Hacemos Cuba”, programa que educa jurídicamente a la población en general, se especificó que el delito no es tomar las fotos, sino el fin con que se utilizan.

Muchas veces las personas negras prefieren el silencio y es una de las razones por las que cientos de delitos de racismos son casi nulos y de hecho improbables. La gente negra ha callado a través de siglos. Las hermanas sabían bien el motivo por el cual les dijeron sólo a ellas que no se podían sentar, ambas eran negras, la otra mujer era blanca, las tres estaban en la cola pero sólo las dos hermanas fueron tildadas de coleras y por defenderse, conflictivas. De esa manera fueron sentenciadas.
Hay muchas violaciones cometidas por estos agentes ¿cómo se educan estos para lidiar con la población? ¿Cuál es su proceder en tiempos de Covid donde hay mucha sensibilidad y limitaciones?, ¿Cuáles son sus orientaciones: ¿maltratar, ofender, agredir? Estas y otras preguntas se desatan a partir del proceder de estos agentes que responden a estadísticas y a un perfil estereotipado de las personas negras.

Muy lejos está el pensar que vencimos una batalla, este es un problema de todos/as y hay que enfrentarlo con la mayor, sinceridad, seriedad y respeto; nuestro gobierno e instituciones han emprendido esta lucha, pero lamentablemente no llega a todos los actores/as sociales las acciones y objetivos ubicados en los lineamientos del partido y en el ansiado programa gubernamental contra la discriminación racial, siendo uno de los problemas sociales a erradicar en Cuba para la agenda 2030.

Soy la protagonista de esta historia, la lucha continúa.
Aracely Rodríguez Malagón

#ELCLUBDELESPENDRÚ
#ConcienciaNegra
#BlackHistory

Séptimo Round: ¿Final? Diez párrafos de memoria contra la pandemia del olvido

DESDE MI BALCON: DIEZ PARRAFOS DE MEMORIA CONTRA LA PANDEMIA DEL OLVIDO
(SEPTIMO ROUND, ¿FINAL?)

Por Roberto Zurbano

La pandemia transformó el mundo: contagio, confinamiento y distanciamiento limitaron el activismo tal y como lo ejercíamos antes, obligándonos a replantear las funciones del activismo tras la actual situación sanitaria, para llegar a quienes requieren más apoyo y comprensión social; personas que no pudieron acatar el “Quédate en tu casa”, por el estado de sus viviendas (insalubridad, hacinamiento), bajos salarios, dependencia del mercado informal y falta de condiciones básicas. Su cotidianidad le obliga a estrategias de sobrevida. No clasifico sus conductas como indisciplina o marginalidad, ni justifico sus excesos, que nunca llegan a ser noticias, sino descalificaciones y chistes sobre una población, casi siempre negra, que reincide en colas, calles y barrios difíciles. No hay fotos o testimonios que describan su realidad, sólo rumores y trampas de cierta comodidad clasista que rechaza a esas personas y también a la complejidad que significan. El análisis complejo termina oculto bajo la urgencia sanitaria y se aplaza la respuesta equitativa, como una Aspirina acallando un viejo dolor.

Uno de los errores estratégicos de la Revolución fue no convertir el antirracismo en parte de su agenda política, combinar sus proyecciones hacia adentro y hacia fuera de la nación, en un discurso crítico que revisara la herencia colonial cubana y expusiera las mejores demandas de una tradición antirracista que sigue siendo desconocida. Si desde el principio el tema afloró en discursos, nunca llegó a convertirse en la “cuarta tarea” tal y como la nombró el propio Fidel Castro, sino que fue decretado su final cual si de una tarea administrativa se tratara y no un esfuerzo emancipatorio que requería nuevas herramientas ideológicas, políticas públicas similares a las que se aplicaron a mujeres, campesinos e iletrados, junto a debates culturales propicios en aquella era de descolonización, panafricanismo y derechos civiles que fueron los años sesenta. Lo cierto es que el tema fue cubierto por un manto de silencio, temor y devaluación política que no le permite emerger al discurso político cubano sino cuarenta años después.

Ningún otro tema de la sociedad cubana estuvo tanto tiempo apagado ni fuera tan impunemente marginado por la política como el tema racial.
Mas, los temas discriminatorios domésticos siguen sin ser noticias en nuestra prensa. Hace apenas unos lustros ni eran aprobados por la Academia, la Política y sus mercados. Hoy se explayan sin misericordia en las calles y los medios alternativos. Saltan preguntas urgentes a un tema que se escapa de cualquier solución o respuesta emergente. Se escuchan las peores explicaciones y justificaciones sobre el racismo en voz de personas que nunca antes habían escuchado o leído sobre el tema y hoy desarrollan las tesis más indolentes e irresponsables. Ni siquiera preguntan a quienes lo sufren o buscan información sobre los modos en que el discrimen racial puede reproducirse. Mucho menos les asalta la posibilidad de que ellos mismos puedan ser racistas. Ser poco solidario, superficial y políticamente incorrecto frente al racismo es la nueva moda, multiplicada exponencialmente en las redes sociales, donde se inserta en plataformas de mayor calado, dentro y fuera de Cuba.

La actual situación pandémica no puede eclipsar otras cuestiones como la salud socio-política de la nación. El racismo es, sin dudas, un tumor silente de cuarenta años, convertido en enfermedad psico-social crónica, hueco negro del pensamiento nacional donde se pierde todo esfuerzo de memoria, crítica y reparación. A veces creo que aramos en el mar, pero cada día crece el número de personas negras, mestizas y blancas que adquieren su conciencia racial, junto a un respeto por la historia no contada en las escuelas. Son seres con gran vocación de justicia, arqueólogos de una verdad que fue enterrada bajo innumerables capas de violencia social, dominación económica y oportunismo político. Estas personas crearon los fundamentos para un activismo antirracista, cuando todo era más difícil. Generalmente sufrieron burlas, castigos y marginaciones, pero nunca abandonaron su misión.

Me honra nombrarles y ofrezco disculpas si olvido alguien: Tomás Fernández Robaina en la Biblioteca Nacional, Leyda Oquendo con su aula “José Luciano Franco” en la Casa de África y su mirada crítica en el Archivo Nacional, Lidia Turner desentrañando sofisticados prejuicios en la Asociación de Pedagogos de Cuba, Sergio Giral, Gloria Rolando y Rigoberto López en el ICAIC, Julia Mirabal en la televisión cubana, Gisela Arandia en el proyecto Concha Mocoyú del Solar de La California, Tomas Gonzales en la búsqueda de un teatro negro y su poética del trance, Inés María Martiatu (Lalita) iluminando a los dramaturgos de El Puente, Alberto Pedro asesorando la Sociedad Cultural Yoruba, la peña de Gerardo Alfonso en La Madriguera, el trabajo homérico (y también de Sísifo) de la Fundación Pablo Milanés, Lázara Menéndez en la Facultad de Artes y Letras y Regla Diago en el ISA, los guiones de radio de Georgina Herrera y los de televisión de Maité Vera, figuras como la actriz Elvira Cervera, los actores Tito Junco y Alden Night, los escritores Tato Quiñones, Eliseo Altunaga y Eloy Machado (El Ambia) con su peña rumbera en los jardines de la UNEAC, que simultaneaba con las creadas por Rogelio Martínez Furé en el Conjunto Folklórico Nacional todos los sábados y por Salvador Gonzales en el callejón de Hammell, cada domingo. Pedro Pérez Sarduy, entre Londres y La Habana, entrevistaba a quienes se atrevieron a colaborar en su Afrocuba y Afrocuban voices, libros que fueron leídos en la secreta complicidad del underground habanero.

Párrafo aparte merece la figura fantasmagórica, todavía incómoda, de Walterio Carbonell, regando anécdotas y manuscritos por los pasillos de la Biblioteca Nacional ante un grupo de escritores jóvenes, fascinados por sus años parisinos, colgando una bandera cubana en la Torre Eiffel, sus triunfos eróticos, su amistad con Fidel Castro en la Universidad, su corta carrera diplomática, su castigo político y su único libro publicado, convertido en objeto de culto. Walterio Carbonell, a punto de celebrar su centenario, es el gran desconocido de la cultura cubana: este singular pensador marxista rompe los modos de abordar el tema racial y propone un diálogo sobre el lugar de los negros en nuestra sociedad, desmontando la tradición racista colonial y republicana que hereda la revolución. Eso bastaría para homenajearle, pero queda su labor pedagógica fuera de las aulas: su famoso curso délfico antirracista dictado a jóvenes seguidores que disfrutamos su sabiduría, su carcajada socrática y el desparpajo impropio de un marxista. Mi generación tuvo la fortuna de encontrar en Walter, al verdadero maestro no sólo en ideas, sino en acciones críticas y tareas intelectuales que estimuló en nosotros. Muchos le debemos algo más que un texto a su legado, aun escamoteado por la agudeza y actualidad de su crítica, su temprana propuesta antirracista y la consecuente biografía política de la cual nunca renegó.

El tema racial no atraía mercados académicos ni agendas de oposición política, hasta que Carlos Moore en 1964 describe la Revolución Cubana como un proceso racista; nadie crea que es un descubrimiento de los actuales opositores. El interlocutor natural de Moore pudo ser Walterio Carbonell, cuya crítica a la herencia racista de la Revolución y otras osadías, le costó ostracismo hasta su muerte en el 2008. El debate racial que viene de los sesenta del siglo XX hasta hoy, debe sus claves fundamentales a las obras desconocidas en Cuba de Walterio Carbonell y Carlos Moore, ambos internacionalmente reconocidos. Uno, murió en Cuba, lleno de respeto y propuestas para su viejo amigo Fidel. El otro, brillante analista, pierde los estribos cuando recuerda a su enemigo Fidel. La única persona que cita a Moore en Cuba es Fernández Robaina en su curso Historia Social del Negro que dicta hace treinta años en la Biblioteca Nacional. Me pareció injusto que Moore difamara a Tomasito y se lo dije personalmente cuando le conocí en San Salvador de Bahía, noviembre del 2011.
Así, no solo dentro de Cuba se genera crítica al racismo en el periodo revolucionario, varias figuras y plataformas insertan este debate en el contexto internacional; este se articula en tres territorios de disputa. El primero ubica esta lucha en el diferendo político entre Cuba y Estados Unidos. El segundo, en el contexto latinoamericano, en el cual algunos cubanos de la isla han logrado se han insertado como parte de los movimientos sociales de los últimas tres décadas. Y el tercero, es la geopolítica, donde el antirracismo se erige como necesidad política que recorre el rol de Cuba en África, desde la presencia del Che en el Congo hasta el discurso de Fidel Castro en la primera Cumbre contra el Racismo ( Durban, Sudáfrica, septiembre del 2001), sin obviar los recientes conflictos en Bolivia, Venezuela y Colombia. Son territorios políticos en disputa permanente, que articulo en otro texto, destacando su dimensión estratégica global. Solo las menciono para mostrar que el silencio y vaciamiento ideológico que sufrió hasta ayer el debate racial dentro de Cuba fue una falla estratégica que hoy impide diseñar una crítica orgánica al racismo como opresión local y global, abandonando una herramienta política, más útil al discurso hegemónico capitalista que a los proyectos de izquierda en Latinoamérica.

Explicaré cómo se expresa este conflicto en Cuba ahora mismo: El asesinato de George Floyd, causó gran repulsa y numerosas protestas en el mundo; pero estas son ilegales en Cuba y solo emitimos algunas declaraciones personas y grupos antirracistas, pero los medios oficiales fueron quienes monopolizaron las respuestas cubanas ante el crimen. En la mayoría de los casos la crítica al racismo en Estados Unidos se desvinculó de la crítica al racismo en otros países. Se desató en América Latina una ceguera ante el racismo local y Cuba no fue la excepción. La crítica al crimen racista en Estados Unidos no se hizo desde una conciencia política suficientemente crítica y autocrítica que, al aprovechar políticamente la noticia, ofreciera algunas razones del antirracismo cubano o anunciara los esfuerzos que se proyectan contra dicho flagelo en la isla. Fue un mal uso político del crimen afroamericano que, al final, desarticula los esfuerzos por combatir el racismo dentro y fuera de Cuba.

Aquel crimen desató una fiebre racista en Estados Unidos que se replicó en Miami cuestionando los derechos del afroamericano, criminalizando las protestas y justificando la brutalidad policial. Semanas después, un policía mata a un joven negro en Cuba y la respuesta racista de Miami, junto a crecientes voces racistas dentro de Cuba, se revierte; es decir, ellos mismos defienden los derechos del joven negro y culpan la policía y gobierno cubanos de racista y violador de los derechos humanos. Ante dicho giro político, la mayoría de los grupos antirracistas cubanos les cuesta posicionarse ante el crimen; pues estando del lado del joven muerto, no comparten que los racistas ahora se aprovechen políticamente del nuevo crimen para arreciar sus acusaciones contra el gobierno cubano, a quien permanentemente hemos demandado desmontar el racismo local. Fue una desagradable experiencia coincidir en un punto con las mismas personas que semanas antes minimizaron el crimen racista, criminalizaron protestas y defendieron la policía de Estados Unidos. Luego, la policía cubana esperó 72 horas para pronunciarse, en un sitio digital de la capital, no en la prensa nacional. La declaración enfatiza el expediente criminal del joven asesinado, informa que el policía actuó en legítima defensa y no refiere ningún proceso legal. Lamentablemente, no existe en Cuba un Observatorio contra el Racismo, ni otra institución efectiva donde dilucidar tales fenómenos.
A los pocos días, la oposición política convoca una marcha para el 30 de junio, contra la brutalidad policial, esgrimiendo al joven asesinado como bandera de la movilización. Esto sobrepasó las pequeñas acciones que algunos grupos antirracistas propusieron y lanzó a muchas personas al abismo ilegal que son las protestas, huelgas y marchas en Cuba.

Las tensiones previas a la manifestación revelaron las contradicciones, diferencias y rupturas entre los grupos antirracistas cubanos. Aunque la marcha no se dio, las discusiones y propuestas antirracistas de la última semana quedaron impactadas por la posición que cada una asumió ante el joven cadáver de Guanabacoa y la indignación colectiva fue sepultada bajo el temor a ser considerados opositores, unos porque no lo son y otros porque no les interesa ser vistos como tales. El hecho de considerar las protestas socialmente irresponsables y parte de campañas anticubanas exacerbadas en los últimos meses subordinó su papel crítico y apagó la posibilidad de una demanda civil colectiva ante el hecho. Perplejidad y descontento que pueden generar desconfianza y peligrosos desenfoques en los propósitos de una lucha antirracista en Cuba, dispersando fuerzas críticas que venían configurando una dinámica antirracista, en la cual viejos y nuevos actores se reconocían en espacios y tareas comunes. Ahora reaccionan cada cual por su cuenta: las que eligieron el silencio y no vieron la causalidad racial del crimen, los que se callaron y pensaron en la posibilidad de un crimen racial, aunque indemostrable; los que quisieron exigir una respuesta de la policía y el gobierno, los que nunca dudaron que fue un crimen racial y hablaron de racismo estructural, los que se sumaron a otras agendas no racializadas… En fin, la cantidad de reacciones y tendencias dentro del antirracismo cubano parece dividirse cada día en nuevos fragmentos ideológicos.

¿Qué hizo posible que varios grupos antirracistas no se declararan en contra de la agresividad policial en colas, calles y barrios, ni pronunciarse ante la muerte de un joven negro? Un argumento es que las mismas razones de estos grupos fueron esgrimidas por grupos de oposición y otros indignados por el crimen; situación que ofrece un sencillo análisis: hay una movida antigubernamental que no es apoyada por estos grupos antirracistas que tienen una mirada crítica sobre el hecho y no encuentran espacio social ni político donde expresar sus críticas, encabronamiento o apoyo, si es el caso. Otro argumento es la falta de entrenamiento cívico y practicas autónomas que les permita decidir asertiva y velozmente desde su responsabilidad pública. El tercer argumento es la falta de instituciones propias que ya he explicado en otra parte. Es difícil imaginar entre las instituciones cubanas cuál podría cumplir esta función desde sus estructuras verticalizadas y visiones conservadoras sobre un tema de difícil consenso social y político. Ninguna habría resistido tales demandas, al carecer de las herramientas y el entrenamiento que requiere un espacio legal y emancipatorio donde personas y grupos sociales oprimidos puedan ser escuchados, defendidos o simplemente, aliviar sus conflictos.

En los años noventa el activismo antirracista buscando compartir sus propuestas en medio de la crisis económica, se acercó a instituciones culturales y académicas que ya trabajaban indicadores raciales. Nombro solo aquellas que tenían la cuestión racial como objeto social, entre otros temas, aunque no priorizaran estrategias para alcanzar suficientes herramientas para abordar un tema que requiere conocimientos, practicas transdisciplinarias, debate social y políticas públicas. Y, también, las experiencias de un activismo práctico, consciente de la complejidad del tema que, durante largo tiempo, ha producido alertas, conocimientos, análisis, prácticas y propuestas desestimadas una y otra vez. Las visiones institucionales están abandonando aquella visión tranquila con que, durante los noventa, recibían visitas de Trans-África, Pastores por la Paz, senadores del Black Caucus o del parlamento brasileño, donde explicaban a visitantes como Harry Belafonte, Danny Glover, Alice Walker, Lucius Walker o Abdías Do Nascimento las diferencias entre los negros de USA y de Cuba. Los visitantes esgrimían sonrisas cuando escuchaban tales historias, casi nunca contada por los propios negros cubanos. Con paciencia, años después encontrarían un modo de escucharnos y saber de nuestra tradición antirracista, figuras, instituciones y sucesos claves. Vale nombrar tales instituciones para recordar cuándo y cómo se emplazan frente al racismo: las fundaciones Fernando Ortiz y Nicolás Guillen, el antes Centro y hoy Instituto de Antropología, la Casa de África, el Centro de Estudios de África y Medio Oriente, la Casa del Caribe (su festival y su revista), la Casa Fernando Ortiz en Santiago de Cuba, en Centro Memorial Martin Luther King, Archivo Nacional de Cuba, la Sociedad Cultural Yoruba y otras que quizás tuvieran tal encargo social, asumido con discreción, siempre esperando señales del Olimpo y neutralizando los focos de resistencia creado por activistas que lograban llegar a sus predios e insertar las discusiones sobre racismo en Cuba. Todo fue apareciendo después, en Temas, Del Caribe, Caminos, Catauro y La Gaceta de la UNEAC, entre otras revistas.
La UNEAC, entonces en plena efervescencia crítica fue espacio de encuentros con Fidel Castro sobre el tema racial entre 1998 y 2001, sus análisis, hoy inencontrables, hacían esperanzadoras las madrugadas en el Palacio de Convenciones. Era usual la discusión antirracista en el Festival Caracol de la Asociación de Radio, Cine y Televisión, capitaneada por Lizette Vila, cuyo activismo abrió muchos closets de la sociedad cubana.

El proyecto antirracista por excelencia fue Color Cubano, que cada mes removía prejuicios, al impertinente y rotundo estilo de Gisela Arandia. Color Cubano fue abortado como proyecto social antirracista de la UNEAC por la propia institución tras su Congreso celebrado en el 2007, con un vil algoritmo de la Fundación Nicolás Guillen y en su lugar apareció la actual Comisión Aponte. Apunto que gracias a la presión de Color Cubano se creó la Comisión contra la Discriminación Racial que, bajo la egida del entonces vicepresidente Esteban Lazo, sesionó dos años en el Palacio de la Revolución. Su última sesión dedicada a la educación fue la única en la que Tomasito y yo participamos. Poco después, Torres Cuevas la acogió en la Biblioteca Nacional. Allí la vimos congelarse entre acuerdos, desacuerdos e ilusiones perdidas. Si alguno de estos u otros espacios institucionales se activaran en función de las urgencias que el activismo ha listado en las últimas tres décadas, no sintiéramos ese silencio abismal que impide una crítica responsable a los últimos eventos racistas. Dicho silencio anuncia tempestades y nuevos actos racistas. Habrá que replantearse las funciones del activismo antirracista y filtrar las actas de cada comisión creada al efecto en los últimos veinte años que acumulan miles de horas, páginas y demandas de varias generaciones cubanas. Es un fardo que crece como el propio racismo, atravesando vertical y horizontalmente, como una cruz, la espalda de la nación.

En Cayo Hueso, Centro Habana, Viernes 3 de julio y 2020. (La foto es de Amilcar Ortiz)

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Sexto Round: donde parece que tiro la toalla

DESDE MI BALCON: DOCE PARRAFOS DE MEMORIA CONTRA LA PANDEMIA DEL OLVIDO
(SEXTO ROUND, donde parece que tiro la toalla)

Por Roberto Zurbano

Esperé anoche que en su emisión estelar el Noticiero Nacional de Televisión diera la noticia. Solo para verificarla y escuchar la versión oficial que, lamentablemente, no llegó: ha muerto un joven negro de 26 años, producto de dos disparos que un policía hizo cuando el occiso escapaba. Todas las versiones descartan accidente y fuego cruzado, solo hablan de un crimen policial. Muchos lo relacionan con aquel otro que impactó al mundo recientemente. Más allá del contexto y las razones, se impuso la muerte. Poco importa que sea raro este tipo de noticia en Cuba y que los medios oficiales dejen correr las especulaciones y no se pronuncien a tiempo. Lo cierto es, repito, que murió un joven negro asesinado. Su sangre empieza a calentar la rabia de parientes y amigos que piden justicia y de gente impactada que preguntamos sobre esta muerte inoportuna, huérfana de explicación en noticieros y hasta sin cuerpo, pues fue rápidamente cremado.

¿Cómo se explica que, en medio de un contexto global altamente racializado y politizado, un policía dispare contra un hombre desarmado? No conozco los procedimientos policiales cubanos, pero sí la forma en que la policía trata a los jóvenes negros porque fui joven y sufrí maltratos; algo que las organizaciones antirracistas denunciamos mucho. En algún momento se coordinó un encuentro con autoridades policiales para discutir este asunto, pues el CENESEX había logrado un acuerdo con ellos que parecía alentador. El nuestro nunca tuvo lugar y aun es necesario porque los jóvenes del interior, que en su mayoría integran la policía cubana, desconocen los códigos urbanos de una capital donde otros jóvenes tan negros, mestizos y blancos como ellos se convierten, por obra y gracia de las llamadas figuras delictivas, en sospechosos de los delitos que los policía aprenden en un listado de Academia. En el caso de negros y mestizos el listado tiene un efecto lombrosiano que lo torna abusivo. Me consta a mí y a mucha gente negra que compartimos horas de carpetas y calabozos de estaciones de policía donde juraría que el 80% no merecíamos estar allí.

Pero estoy hablando de casi veinte años atrás. Hace pocas semanas un policía cubano moría a manos de un delincuente. Esto crea un ambiente negativo entre las fuerzas del orden público que les recuerda su vulnerabilidad y supongo que enfurezca algunos. En medio de una situación pandémica que genera muchas tensiones e indisciplinas sociales, también se disparan las alarmas sobre cualquier desacato o violencia callejera. Trato de relacionar ambas miradas para explicarme los minutos previos a esta muerte irrebatible, producto del nerviosismo o la frustración de un policía que quizás se convierta en legítima defensa; pero esa muerte seguirá siendo escandalosa y se convertirá en el fantasma de un viejo reclamo ciudadano, apenas escuchado.

Poner el oído en el pecho de la ciudadanía pasa también en no reclamar a los jóvenes negros más que a otros, sólo porque llevan trenzas u otras modas. En el imaginario social los delincuentes negros siguen siendo más que en las propias estadísticas. Sus vidas están más cerca del prejuicio racial y más lejos de trabajar en atractivos negocios privados o asistir a la universidad. Validar tales prejuicios y procedimientos afecta la plenitud de estos jóvenes y les empuja un poco hacia el abismo socio-económico que hoy aparece ante sus ojos. Hay que cerrar esa puerta hacia la frustración social y dotarlos de herramientas que reparen su autoestima, ofrecer capacitación primero y luego, oportunidades que provoquen una transformación al interior de esos grupos de muchachos que parecen perdidos, pues el tren de las oportunidades que pasó más cerca de ellos fue durante la llamada Batalla de Ideas, donde pocos subieron al último coche: las universidades municipales que graduaron miles de jóvenes, a pesar de la resistencia de una clase profesional cuyos hijos accedían a los mejores preuniversitarios y carreras universitarias.

Tener una mirada crítica sobre lo que sucede fuera del país y otra mirada esquiva sobre lo que sucede aquí adentro sobre un mismo tema, genera incoherencia a la hora de poner a dialogar el discurso local con el global. La cuestión racial ha quedado relegada a una competencia inútil con Estados Unidos. Eso provoca un desenfoque sobre nuestra real situación racial. En otra parte hablé de los usos y abusos de la muerte de George Floyd en América Latina, que refuerza la ceguera con que tratamos al racismo local e impide distinguir los racismos que tienen lugar en Brasil, México, Costa Rica, Colombia, Francia, Inglaterra y también en Cuba. Es vergonzante no saber reconocer nuestros propios entornos racistas y el daño que el discrimen deja entre cubanos. Ese error se comete a diario y alimenta un monstruo llamado colonialidad, donde las viejas opresiones no ceden su lugar, sino que se renuevan, mezclan y sofistican por encima de cualquier ideología.-16
Activistas y organizaciones antirracistas llevamos treinta años alertando sobre complejos procesos sociales que tienen lugar en Cuba bajo la discriminación racial, ellos atraviesan transversalmente la sociedad afectando negros, mestizos y blancos, aunque no en igual medida.

Estos fenómenos comenzaron, antes del Periodo Especial, con la disección crítica de un malestar entre la población negra. Si bien la crisis económica de los noventa deteriora muchos valores sociales, justamente ese periodo generó acciones y proyectos antirracistas que denunciaron el modo en que las nuevas tendencias económicas e ideológicas impactan la población negra, quien pagaría un mayor costo social y bajaría sus niveles de igualdad social. Las demandas elaboradas por las organizaciones, comisiones y asambleas antirracistas celebradas en los años noventa del siglo XX y en la primera década del XXI, fueron olímpicamente desestimadas. El activismo antirracista comunitario fue forzado a replegar su labor en nuestros barrios difíciles. El horizonte utópico de esta población casi desapareció y en las batallas cotidianas fueron, en un alto por ciento, los perdedores.
Buena parte de los criminales cubanos, dentro y fuera de las cárceles, se clasifican como negros.

Muchas de estas personas han cumplido penalidades muy altas, incluso, pena capital. Eso impacta psíquica y socialmente la joven población negra, aunque sea difícil de medir en los tantos estudios sobre racialidad en Cuba, donde no se habla de la resistencia de un grupo social tratando de expulsar el racismo de sus vidas; a veces negándolo y otras aceptándolo, unos lo reproducen y algunos lo combaten, pero todos van solos en esa pelea contra los demonios racistas. Falta una práctica (ciudadana, gubernamental o ambas) que aligere esta carga social y proponga curas responsables a corto, mediano y largo plazo para articular una nación inclusiva, menos dolorosa.

La muerte del joven Hansel Ernesto Hernández Galeano a manos de un policía en La Habana, Cuba, no es un crimen racista en sí mismo, pero es innegable la carga racial que acompaña el itinerario de carencias que accidentaron la malograda vida de su víctima, su entorno social y su bajo nivel de expectativas. Todo eso empujó la rabia ciega de un policía que disparó contra otra rabia que el disparo no mató. Al final, Hansel es una especie de arquetipo agónico en el actual drama cubano. Él no debió morir, pero su destino lo empujó a una muerte que ni siquiera le miró a los ojos. Me recuerda personajes negros como Maria Antonia y Andoba, de los dramaturgos Eugenio Hernández y Abraham Rodríguez.

Tragedia familiar y agonía social que no clasifican para protestas mundiales, ni resuena con el impacto mediático de vidas negras afroamericanas. Se cierra el telón, se apaga una vida y asistimos a un entierro imposible, como de semilla en primavera.

En Cayo Hueso, Centro Habana, Viernes Santo, 25 de junio y 2020.

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(Quinto Round) Desde mi Balcón: Doce párrafos de memoria contra la pandemia del olvido

Por Roberto Zurbano

El confinamiento hogareño nos incomunica un poco, pero no anula la memoria en tiempos donde los contenidos son tratados con tal velocidad y simpleza que olvidamos de donde llegaron y adónde irán a parar. Cuando se habla de discriminación racial suele ocultarse la afro-religiosidad, tan cercana que obviamos su significado social; que va mas allá del universo ritual y configura maneras de pensar y vivir muy caras a la sobrevivencia y a la experiencia negras en la Historia y en la vida diaria de la nación. En pleno siglo XXI sobra explicar que las religiones de matrices africanas sintetizan avatares históricos, diálogos y transgresiones sin los cuales no se puede explicar la resistencia y espiritualidad de nuestro pueblo. Pero antes, fue difícil y solitaria tarea. Si hablar de racismo era someterse a burlas de amigos o familiares, exclusiones institucionales y castigos políticos; practicar estas religiones también fue mal visto por organizaciones políticas, instituciones, medios de difusión y la mentalidad social. Durante décadas, las iniciaciones religiosas se realizaban secretamente en casa-templos, patios y otras plazas ocultas, donde nacían orgullosos de su fé y adquirían conciencia racial, no solo para los de piel negra, pues también la blanca es una raza que busca y encuentra su ancestralidad y tareas en este mundo. En ese proceso África no era sólo noticia de desastres, sino la base del mundo espiritual que trajeron abuelos ancestros, cuyos nombres aun se moyubban.-25
África en Cuba somos quienes la llevamos en la piel, en la cultura y en sus religiosidades; sus variantes y renovaciones verifican una identidad afrocubana, o sea, afrodiaspórica en su versión local. Lo controversial del término afrocubano tiene larga data y no se agota en las fuerzas que se le resisten. África es el mundo de crianza y educación comunitaria que no distingue entre hijos, primos, sobrinos y ahijados, es familia interracial junto a la extendida familia religiosa, sus códigos solidarios, sus bailes, comidas, músicas y una amplia tradición ética y filosófica que se resumen en un patakín, una firma palera o abakuá o un canto conocido desde andilanga.

Vive en medio de celebraciones que mezclan lo ritual y lo pagano, lo útil con lo bello, lo privado y lo colectivo, el consejo con el regaño, lo de aquí con lo de allá, lo íntimo y lo político, el patio, la patria y el universo. Recién llegada la Revolución, en el momento en que las Sociedades de Color se esfuman de la vida cubana, estas religiones profundizaron su rol en medio de las transformaciones y afianzan complicidad y ayuda mutua allí donde las leyes revolucionarias nunca llegaron.

Es cierto que en 1960 se crea el Departamento de Folklore del Teatro Nacional de Cuba, con el brillante etnógrafo y musicólogo Argeliers León a la cabeza y más tarde, en 1962, el Conjunto Folklórico Nacional, integrado por mujeres y hombres en su mayoría religiosos practicantes que, a partir de ese momento, suben al escenario para ofrecer sus cantos y bailes como Arte, ganando aplausos dentro y fuera de Cuba. Muchos de ellos alcanzan el estrellato como Nieves Fresneda, Jesús Pérez (Obbá Illú), Lázaro Ross, Zenaida Armenteros o El Goyo Hernández. Fue un gran paso, pero si contemplamos sólo las ganancias escénicas, quedan fuera de foco conflictos y contradicciones que, en la vida cotidiana, sufrían tales prácticas religiosas, tornándose en impedimentas para el acceso a universidades y militancias políticas. Más allá de los éxitos internacionales de bailes y cantos afros, al correspondiente universo religioso real se le cierran libertades, devaluándole como expresión de atraso e ignorancia.

En la novela más popular del momento, Cuando la sangre se parece al fuego, su autor, Manuel Cofiño, uno de los pocos escritores cubanos identificados con el realismo socialista, refleja el proceso de disolución de las religiones negras arrastrada por las aguas claras del futuro socialista. Estas afroreligiones sufrieron el mismo dogma y represión que aquellas que guardaron armas y conspiraban contra la revolución, aun así, sus practicantes, inmersos en el cambio revolucionario, por no abandonar su religiosidad fueron marginados de importantes responsabilidades políticas y administrativas. Gracias a su horizontalidad, espiritualidad acreditada por siglos y estrategia cimarrona, conservaron los saberes transmitidos oralmente, rituales secretos y viejas prácticas de solidaridad y resistencia. Las afroreligiones fueron espacio crece un conflicto ideológico sustancial que aun marca la subjetividad de un amplio sector social dentro de Cuba: conciencia religiosa versus conciencia política, expresado en libros y discursos como una pelea dicotómica que suele resolverse a favor de lo político, ocultando la complejidad del universo religioso. Aunque este no fuera el debate esencial entre quienes practican afroreligiones, donde hay sujetos de todas las razas, dicho conflicto no ha dejado de estar latente en el campo religioso cubano de las últimas seis décadas.

Las religiones negras en Cuba siempre han vivido el peligro de fragmentación y cooptación. Su jerarquía, autoridad, popularidad, exitosas practicas rituales y comerciales, cohesión grupal, diversidad de su membresía, más el alcance de sus valores intra y extraordinarios, constituyen un modelo social, cuya relativa autonomía debe ser objeto de políticas más comprensivas. Por eso me resultó curioso que en el libro de entrevistas que en 1985 hizo el dominico brasileño Frei Beto a Fidel Castro, no aparecen las afroreligiones, siendo ambos interlocutores de países marcados por la esclavitud, el colonialismo y el cimarronaje. Esta curiosidad la comenté a Frei Beto hace unos años y su evasiva me dejó más curioso aun. Lo cierto es que ese mismo año, aunque no con el cuidado que son tratadas las religiones antes colonizadoras, las afroreligiones también comienzan a ser reconocidas políticamente al crearse la Oficina de Asuntos Religiosos del PCC en 1985. Escuché a Filiberto O’Farrill, en su casita de Poey, hablar de una soñada Asociación de Babalawos, a cuyos organizadores que ofrecieron palomas y un tambor en los jardines del Movimiento Cubano por la Paz, no se las aprobaron. Supe de la preparación del I Encuentro de Estudios Afrocubanos, preparado por la Sociedad homónima que intentaron restaurar Fernández Robaina, Tato Quiñones y Lázaro Buría, con apoyo de Natalia de Bolívar y grandes figuras religiosas, abortado por la UNEAC. Conversé con nigerianos residentes en Nueva York que durante años soñaron abrir una Academia de Lengua Yoruba en Cuba que también fuera negada.

Estos y otros empeños son parte de una historia no escrita ¿Cuántos fuimos testigos o cómplices de sucesos subterráneos que fueron el magma de la explosión de los temas raciales en la próxima década? ¿Cómo fue que los temas de la religiosidad fueron dando mayor margen a la problemática socio-racial? Y por qué ambos temas tomaron tanta distancia el uno del otro, al punto que las religiones afro apenas se involucran en el debate racial y, por otro lado, la mayoría de los analistas y análisis sobre las problemáticas raciales en la nación, suelen desentenderse de los temas religiosos, de los creyentes y de las viejas estrategias de solidaridad y resiliencia de estas afroreligiones? Ambas miradas adolecen de la necesaria articulación e intercambios sistemáticos, donde enriquezcan y renueven prácticas propias. Aunque vale mencionar el valor que alcanzan las obras y espacios donde ambas visiones convergen como lo han hecho Tato Quiñones, Jesús Fuentes, Lázara Menéndez, Víctor Betancourt, Jesús Hernández El Goyo, Gloria Rolando, Tomas Fernández Robaina, Manuel Mendive y otros pocos que intentan sostener tan difícil diálogo en Cuba.

Luego, los noventa irrumpen con varios sucesos editoriales. Justo en 1990 aparece la primera reedición de El Monte de Lidia Cabrera después de 1959, cinco mil ejemplares agotados durante la primera semana en la Feria del Libro, celebrada en PABEXPO, Los orishas en Cuba de Natalia de Bolívar, se convierte velozmente en un best-seller, El negro en Cuba, de Tomas Fernández Robaina, aparece tras un forzado sueño editorial de diez años y los tres tomos de Estudios afrocubanos, de Lázara Menéndez, extraordinario libro de texto para la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de la Habana, removió los anaqueles del elitismo eurocéntrico de tan rancioso –para no decir racista y blanqueado- lugar. Así comienza el boom de temas afroreligiosos en Cuba, a las puertas del Periodo Especial. El Congreso del Partido se pospone para 1991 y entre los temas centrales está la promoción de negros, jóvenes y mujeres, junto a la noticia de que los religiosos podrán ser miembros de Partido Comunista.

Es fácil pensarlo hoy; pero entonces fue una noticia escandalosa que generó grandes discusiones, resistencias e incomprensiones dentro y fuera del partido; tanto pesaban los dogmas y prejuicios.
El discurso de los estudiosos es una cosa y el discurso de autoridades religiosas, reconocidas por su jerarquía y sabiduría es otro. Estos últimos no tienen presencia en la esfera pública, no poseen revistas o boletines que sean órganos difusores de doctrinas, reflexiones y modos de conocer su alcance social. Nunca he podido leer aquella queja porque no fueron invitados a saludar al primer Papa de visita en Cuba, ni la poca presencia de los jerarcas de otras religiones durante la recepción ofrecida al Oní de Ifé de visita en Cuba. No hay entrevistas sobre figuras ni artículos sobre eventos importantes o sobre el trabajo que hacen en comunidades y cárceles, ni convocatorias a cursos y conferencias. Ni siquiera promueven los encuentros entre médicos, científicos y Babalawos, muy provechosos para las tres partes según estas confiesan a los pocos curiosos que llega la noticia. Difícil saber cómo estas religiones establecen alianzas con musulmanes o iglesias cristianas donde la presencia negra crece. Ni sabemos cómo se dirimen sus debates epistemológicos, de género, de asimilación de nuevas prácticas o de sus propias ortodoxias. Ergo, difícil es saber su opinión en el debate antirracista cubano y las causas del repliegue de su potencial fuerza emancipatoria en esta lucha.
También hay batallas exitosas y logros sociales a lo largo de seis décadas, que no por menos publicadas han dejado de celebrarse. Es un resultado de esas batallas que un babalawo de 34 años en Ifá como Lázaro F. Cuesta (Iwori Bofun) haya sido el Gran Soberano del Supremo Consejo del grado 33 para la República de Cuba, Gran Maestro de la Gran logia de Cuba y Presidente del Patronato del Asilo Nacional Masónico Llanso entre 2011 y 2018, que Ramón (Mongui) Torres Zayas, haya alcanzado su doctorado con una tesis sobre los Abakuá, sociedad a la cual pertenece y estudia su renovado campo; que los libros de Lázara Menéndez, Jesús Fuentes y Natalia de Bolívar sean cada vez más aclamados y leídos por masas lectoras, que lideresas de varias casa-templos hayan logrado reivindicar sus prácticas de género dentro de la religión, que se legitimen en laboratorios farmacéuticos y repertorios clínicos las formulas de brebajes, emplastos y cocimientos con que nuestras ancestros hicieron de la naturaleza la mejor medicina a los males del cuerpo y el alma, que una pastora cristiana como Isset Samá haya hecho tan hermosa declaración antirracista ante su iglesia en días recientes…

Aunque sean lamentables las recientes declaraciones sexistas de la Sociedad Cultural Yoruba sobre las Iyanifá, un conflicto que parecía resuelto a finales de siglo pasado y ahora resucita en un contexto poco saludable para el feminismo en la región. Insulta saber que grandes marcas de la moda internacional se apropian del diseño de las sayas multicolores de nuestras santeras, en una otra forma de extorsión de nuestras identidades. Y que siguen las acusaciones reales e infundadas sobre el comercialismo dentro de estas religiones: no debe resultar raro que en este rincón de la sociedad también proliferen conductas mercantilistas, corruptas y criminales; otra cosa es la acusación de comercialistas a las religiones negras de la región (santería, candomblé, vudú), lo cual parece una trampa nacida de la competencia con otras religiones, justo en un proceso de internacionalización de estas religiones negras, que les permite instaurar legalmente sus instituciones, profesionalizar sus figuras jerárquicas y aumentar el reconocimiento de sus valores de solidaridad, resistencia cultural y saberes, no solo para afrodescendientes. No olvidemos que todo ello era, hasta hace poco, marginalizado, a pesar de ser practicadas por todas las clases sociales. Dichas acusaciones, curiosamente, no suelen compararlas con otras religiones financieramente poderosas, de jerarquía mundial, dueñas de diversas propiedades e instituciones bancarias, mediáticas, educativas, etc.

¿Cómo, entre las miles de fotografías de Fidel Castro, se olvida aquella, en medio de una larga gira que hizo por varios países africanos en los años setenta, donde aparece vestido de blanco, con ciertos atributos rituales? Jamás la he vuelto a ver, ni siquiera en asociaciones afroreligiosas que constantemente renuevan su compromiso revolucionario. Se han promovido poco excelentes biografías y testimonios de personalidades como Nisia Agüero, Freddy Ilanga (traductor de swahili del Che en el Congo) y Natalia de Bolívar por solo mencionar tres, que incluyen reveladores pasajes del universo religioso negro en sus vidas o las conversiones religiosas y en la conciencia racial de altos oficiales y diplomáticos cubanos en África como Omar Izquierdo, Heriberto Feraudy o Juan F. Benemelis, entre otros, cuya capacidad más o menos crítica articula puentes entre las visiones africanas y cubanas de conciencia racial, religiosa o afrodiaspórica, revelando políticas africanistas, diásporicas y raciales apenas abordadas con profundidad por estudiosos cubanos de la religiosidad, la afrodiáspora y la geopolítica.

Lamento mi poquita fe, mi modo intermitente y, a veces irrespetuoso de acercarme a estas religiones, pues tendría algunas respuestas, desde sus códigos, a preguntas que no necesitaría escribir. Lo cierto es que apenas se conocen sus figuras jerárquicas, algunas legendarias, otras de más reconocimiento fuera que dentro de la isla, otros dejando su impronta en el mundo de la internet, otros recuperando sus contactos con tierras y autoridades religiosas de África, otras más vinculadas a la farándula, otras al boyante mercado afroreligioso, algunos veteranos reconocidos por su sabiduría ancestral, otros por su memoria descarnada de cuando hacían religión en el underground socialista. Ni siquiera son mencionados los encuentros entre médicos, científicos y Babalawos que suelen ser muy provechosos para las tres partes, según confiesan a los pocos curiosos que nos llega noticia. Apenas se conoce el espacio de ritualidad, pedagogía, goce y hermandad comunitaria que signa los encuentros del Cabildo Ifá Iranlówo, liderados por Víctor Betancourt Omolóafaoró Estrada, uno de los sacerdotes y autores más osados y controversiales del campo afroreligioso cubano.

Tampoco son públicos los debates epistemológicos, de género, de asimilación de nuevas prácticas o de sus propias ortodoxias que están teniendo lugar y que la transmisión oral a veces distorsiona o confunde. Así, parece ser un mundo que no se mira al espejo, ni a la televisión ni al futuro, sino que se repliega o calla sus propuestas ante los seguidores que, dentro y fuera de Cuba, siguen apostando por el camino de los orishas.

Viernes 19 de Junio del 2020, en Cayo Hueso, Centro Habana.

(Cuarto Round) Desde mi Balcón: Diez Párrafos de Memoria contra la Pandemia del Olvido

Por Roberto Zurbano

El XXX Congreso de LASA, celebrado en Miami en marzo del 2000 fue, para Cuba, uno de los más controversiales de esta organización de estudiosos del continente, con sede en Estados Unidos. Se convoca anualmente para actualizar el abordaje a las problemáticas latinoamericanas más diversas. El espectro temático de LASA es muy abierto y en sus congresos confluyen variopintos enfoques y novedades sobre nuestros países, culturas, políticas, economías y ciencias. Durante tres días se encuentran miles de personas, se leen miles de ponencias y se asisten a cientos de paneles, presentaciones y hasta un baile con reconocidas orquestas de la región. Durante muchos años los participantes cubanos a LASA eran miembros de centros de investigaciones creados por el partido, las universidades y algunos ministerios; es decir, solo participaban los considerados intelectuales orgánicos: miembros del CEA, el CEAMO, el CESEU, el ISRI, etc. eran asiduos. Tal selectividad comienza a cambiar a finales de los años noventa. Aunque encontrar la convocatoria a LASA era una odisea para los no-orgánicos, ciertos amigos orgánicos o foráneos nos avisaban fechas y requisitos para enviar propuestas. El periodo especial relajó esta verticalidad y muchos investigadores e intelectuales cubanos son aprobados e invitados por LASA a sus congresos. Cada año la delegación cubana es más numerosa y diversa.

¿Por qué es tan importante para un cubano ir al LASA Congress? No sólo porque viajabas, sino porque ingresabas a un espacio de diálogo e información que no existía dentro de la isla. Porque podías actualizar enfoques y metodologías sobre cualquier campo de estudios y comparar nuestros conocimientos desde las otras lecturas y discusiones que allí se suscitaban. Porque podías conocer a los expertos más importantes de tu tema, tomarte un café con ellos, saber que eras leído y hasta echar un pie en la noche del baile de LASA. Y cuando los académicos bailan, bien o mal (en su mayoría re-que-té-mal), las neuronas se relajan y el debate o la conversación al día siguiente es más cálida y menos asimétrica; creando afinidades entre colegas que generan invitaciones a proyectos, a conferencias y semestres en sus universidades, amistades y hasta amoríos. Hay otras ventajas de LASA que no funcionan para los cubanos de la isla a causa del bloqueo; pero vale decir que este congreso es también un gran mercado laboral para muchos estudiosos de América Latina que acceden a becas, contratos y otras bondades del campo académico estadunidense.

En los meses previos al congreso tienen lugar en Cuba reuniones preparatorias; los autores de las ponencias aprobadas por LASA asisten a una serie de charlas sobre diversos temas, sobre todo los que puedan generar controversias o manipulaciones. Algunas reuniones son realmente tediosas y paternalistas. Pero en la preparación del XXX Congreso se desbordaron las preocupaciones y saltaron varias liebres, me enfocaré en la cantidad de paneles que sobre las problemáticas raciales cubanas esa edición del Congreso ofrecía. No era la primera vez que el tema se presentaba, desde 1992 historiadores discutían sobre esclavitud, religiosidad, instituciones y figuras negras cubanas; pero el programa del 2000 anunciaba varios paneles sobre discriminación racial en la Cuba actual; legitimando en la Academia su emergencia y, sobre todo, a crecientes proyectos socioculturales y agendas políticas que abordan el tema. Luego, supe cómo fueron recibidos. Hubo hostilidad de una parte, llegando a poner autos con altoparlantes que llamaban a quedarse en Miami y hubo también solidaridad por quienes se alegraron de tener una amplia delegación de expertos cubanos con quien sostener diálogos más profundos de los que permitía la política al uso.

En aquel congreso los debates estuvieron polarizados y fueron duramente críticos y autocríticos. Al repasar algunos se advierte que eran pretexto para discusiones aplazadas tanto dentro como fuera de Cuba. La Academia maneja mejor que otros campos los ajustes de cuentas e incluso, las reconciliaciones. Rebasando todo eso, la Academia ofreció resultados de investigaciones, reveló y esclareció hechos, reivindicó y cuestionó figuras racistas o antirracistas a través de argumentos verificados por documentos, nuevos métodos de investigación y lenguaje desentendido de excesos. Tras candentes debates, algunos participantes recuerdan cómo ciertas discusiones continuaban durante las cenas, compras y visitas a familiares residentes en Miami. Aun así, fuera del Congreso, la cuestión racial no tuvo tanta repercusión; pero los contendientes aprendieron sus respectivas lecciones, a partir de las perspectivas que abrió este Congreso para abordar el tema racial en Cuba.
Dígase que el tema racial al abrir la década del noventa no era parte sustanciosa de mercados académicos ni agendas de oposición política. Esa historia comienza fuera de Cuba, con Carlos Moore, quien desde los sesenta trabaja la idea de la Revolución Cubana como proceso racista; argumento que solo explica la lógica de su formación política afroamericana. Fué uno de los traductores del mítico encuentro entre Fidel Castro y Malcom X en Harlem y regresa a la Cuba revolucionaria en busca de una promoción que nunca llegó. El gran interlocutor de Moore fue Walterio Carbonell, profesor, antropólogo y diplomático marxista negro, cuya crítica a la herencia racista de la Revolución y otros gestos públicos, le costó ostracismo hasta su muerte en el 2008. El debate racial cubano que va de los sesenta a los noventa del siglo XX atraviesa las obras desconocidas en la isla de estas dos figuras: Walterio Carbonell y Carlos Moore, internacionalmente reconocidos. Ambos son los creadores de las dos líneas más críticas en el espectro del activismo antirracista cubano del siglo XXI, esas que se enfrentaron por primera vez, a sottovoce, en el XXX Congreso de LASA de Miami, en marzo del año 2000.

La tradición antirracista cubana es una antes y otra después de la Revolución. Odio la manía de usar 1959 como fútil parte aguas, solo pienso en términos globales. Tras disolver el ideario maceísta, la República asume el sueño martiano y enmarca la cuestión racial entre la masacre de 1912 y la Constitución del 1940; los sesenta llegan tras la descolonización e independencia en África, Asia y el Caribe junto al Civil Right Movement en Estados Unidos. Cuba se inserta en esa dinámica tricontinental que tiene en Ernesto Guevara un adalid. Si fue simbólico el diálogo entre Fidel Castro y Malcom X en Harlem, resulta estratégico el recorrido del Che por ex-colonias de Asia y África conectando líderes, partidos y gobiernos. El argentino supo entender la Conferencia de Bandung y apropiarse del reciente término Tercer Mundo. Fue fatal que ya no estuviera en Cuba durante la Conferencia de OLAS en La Habana de 1967, cuando Stokely Carmichael lanzó un discurso, luego censurado en la revista Tricontinental. La Habana fue, durante breve tiempo, núcleo del panafricanismo de los sesenta: acogió discursos y líderes africanos como Patricio Lumumba, Amilcar Cabral, Nkwame Nkrumah, Ben Barka, Sekou Tourée y también el Black Power. Súmese, además, la presencia de afroamericanos refugiados en Cuba.

Esa dinámica parece desproporcionada con respecto a la historia que dicen los libros. Pero es el mundo que los negros cubanos tuvieron ante sí y se me antoja verlo desde perspectivas diferentes: a) un mundo de derechos que los negros disfrutan por primera vez y debe crecer, en armonía racial; b) un mundo de libertades que los negros , finalmente, conquistaron y debe ser crítico del pasado c) un mundo de vivencias y lecturas que algunos cubanos aprenden de los afroamericanos; y d) un mundo de personas blancas que conservan ventajas de su hegemonía y construyen la nueva realidad sobre una igualdad que no cuestiona privilegios, ni emancipa los negros como a los campesinos, mujeres e iletrados. Estas perspectivas dictan las tensiones raciales en Cuba desde 1959 y cada una ofrece su crítica cultural, su modelo ideológico y su formulación política frente al racismo. La última perspectiva ha dominado en los años de Revolución, mientras las otras emergen intermitentemente, como líneas paralelas o fuerzas en pugna, sin reconciliación ni entre ellas ni con la dominante. No es una tesis, sino un esquema que me permite entender las diferencias ideológicas entre personas negras adscriptas a cada línea, incluso, a otras que no he advertido.

Estas líneas se expresan en proyectos socioculturales y agendas políticas. Llamo proyecto a grupos que desarrollan su labor antirracista a través de la participación socio-cultural, con distinto carácter temático. Se despliegan y reconocen en la isla por acciones culturales, profesionales, pedagógicas, religiosas, feministas y otras. En cambio, las agendas políticas son plataformas definidas por programas ideológicos, anti-sistémicos o no, cuyas acciones y discursos interpelan al poder (Estado, Gobierno, Partido), exigiendo cambios estructurales o no, a la política y gobernanza del país.

Así entiendo la diversidad de proyectos y agendas raciales que tienen lugar en la esfera pública cubana del siglo XXI y me explico las tensiones ideológicas que producen sus dinámicas hacia el interior de sí mismas, en diálogo y en confrontación entre ellas. La mirada monopolizada por la perspectiva eurocéntrica, clasifica y controla cualquier diálogo o negociación con proyectos y agendas; frecuentemente las confunde y tergiversa, al establecer el orden social, el orden racial y el orden político desde prácticas sociales, raciales y políticas de un nacionalismo inconsciente de sus exclusiones. En su Orden nos construyen como un Otro racial, despojado de la diversidad y complejidad que portamos y, de paso, construyen un Otro político. Esta operación homogeniza y simplifica la crítica antirracista que se produce hoy en Cuba y plantea una crítica al antirracismo donde no le reconoce como urgencia política, sino instrumental.

Es común que la más legítima demanda antirracista cubana sea empujada al espacio de la disidencia política, desacreditando el activismo y convirtiendo a sujetos críticos en opositores y enemigos de la Revolución. Tales enemigos existen, son sujetos históricos dentro y fuera de Cuba con reconocidas agendas anti-sistémicas que no ocultan sus hostilidades, también contra los emergentes movimientos sociales de la isla, incluyendo la cuestión racial como un vacío aprovechable; pero ellos ejercen otro tipo de crítica que se produce desde plataformas políticas no tan difíciles de distinguir. Confundir proyectos y agendas coloca las demandas, organizaciones y líderes antirracistas de nuestros proyectos entre dos fuegos políticos. Contracandela, llaman a eso los expertos en cañaverales. Y es una práctica no recomendable en tiempos de sequía.

Viernes 12 de junio, en Centro Habana y 2020